
Hace tiempo que tengo ganas de volver a visitar Japón. Ganas solamente: no es un proyecto que esté a mi alcance ahora. Estuve dos veces y siempre por razones laborales. La primera para el Mundial de Fútbol de 2002. La segunda por la presentación de Boca en el Mundial de Clubes en 2007. Y las dos veces me prometí regresar.
Cuando se viaja por trabajo, al menos como enviado, jamás se termina de conocer el lugar. Rige para Japón o también para cualquier otro destino: lo que se busca es que el medio sea lo más amigable posible para poder realizar la tarea. El final del día, sentado en un restaurante para la cena, es una invención que los periodistas se han (hemos) fabricado para generar la sensación de conocer un lugar. Se habla con un mozo y luego se le cuenta a la Argentina como es Japón, Francia o Australia. Falso.
Pero las impresiones sobre un lugar visitado se van pegando al cuerpo. Y Japón me fascinó desde el primer momento. Contrariamente a lo que se pueda suponer, para quien nunca haya estado allí, Japón es un lugar muy amigable. Los primeros días, cuando el cambio horario causa estragos, la sensación de vivir en otra dimensión es abismal.
Japón es bullicio y silencio. Un conglomerado de edificios gigantes y luminosos mezclados entre jardines imperiales. La gente vieja se ve saludable y la gente joven parece animar por las calles las revistas de historietas que se consumen con tanta pasión en Occidente. En los parques juegan al beisbol y también las personas se ponen en cuclillas para descansar y elongar su cuerpo.
En los trenes la gente duerme. O se meten para adentro cerrando los ojos que es una manera de bajar la persiana y no estar disponible. Los cementerios se ven desde las ventanillas de los trenes: ocupan espacios pequeños entre casas y zaguanes, mezclados con la vida cotidiana de las personas. La vida y la muerte comparten su lugar. Acá a los muertos los mandamos lejos de donde vivimos.
Todos viven lejos de donde trabajan. Comen de manera delicada en el transporte público. Los comercios venden cajas pequeñas donde hay bocadillos de verdura, pescado, arroz y carne. Todo lo que precisa el ser humano está en ese box.
Cada vez que estuve por ahí hice todo lo que estaba a mi alcance. Dormí en trenes, comí de esas cajas, corrí por los parques, subí en ascenso a los rascacielos. Sentí un pequeño temblor desde una enorme habitación vidriada de mi hotel en Akasaka. Me pusé de cuclillas en un parque y anduve vagando por las noches por esas calles pequeñas donde los bares ocupan un ambiente en los edificios. Lo raro ahí es más raro.
Siento ahora pena por toda esa gente. Y un día volveré.













1 comentario
17 de Marzo de 2011 | 11:49 am Anahí Sosa
¡Qué lindo lo que escribiste! Coincido plenamente. Japón es todo eso. Saludos.
Gracias Sosa!! saludos, MG
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