Vamos a situar la historia hace muchos años en un club del fútbol argentino. El hecho puede corresponder a dos meses atrás o quizás lo podríamos proyectar a dentro de un año. Lo medular no cambia. El jugador, de la reserva, estaba apenado porque su equipo no ganaba. Su rendimiento individual caía, las posibilidades de llegar a primera también y el ambiente interno se hacía muy espeso.
El equipo era dirigido por un técnico enrolado en el bando de los que consideran que el resultado es lo de menos. Que ganar no es importante. Que lo fundamental es jugar al fútbol de un modo en especial: pararla de pecho, cabeza levantada, salida elegante y el resto es una circunstancia.
No ganaban nunca. El futbolista sentía que en nombre de un juego brillante y muy conceptual, las charlas eran muy abstractas y no se contrastaban con lo que era competir cada domingo. “Un día me di cuenta que nunca nos hablaba de ganar. Ganar no estaba en su discurso y entonces, claro, no sabíamos como hacer para conseguirlo y así siempre el resultado era lo de menos”.
El técnico finalmente se fue otro club a seguir con su manera de ver el fútbol y con su prédica. Obviamente se tuvo que ir por la falta de resultados. El famoso proyecto era tan verbal y quedaba tan en el aire, que ni el carisma del líder máximo del bando lo pudo sostener Sabemos que ganar no es lo único que importa como sabemos que ganar no debe ser nunca lo que menos importa. Es parte de la ecuación.













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