Síntesis de la intimidad, reducto casi sagrado para los equipos, el vestuario es el único lugar al que nadie accede y donde la industria del entretenimiento deportivo ha puesto su mano menos de lo que le hubiera gustado. Todos los deportes, en especial los colectivos, hacen del vestuario un lugar que es luminoso y oscuro a la vez. Refleja el estado de ánimo de un plantel y oculta los laberintos que se recorren para arribar a un objetivo. Boca tenía un vestuario caliente, pero vivo. River uno calmo, pero su pulso latía muy bajo.
Todos suponemos que un plantel deportivo sin conflictos refleja el estado ideal para competir. Supongo que una persona acostumbrada a lidiar con internas y liderazgos en grupos dirá que la administración de las diferencias, las repercusiones de un conflicto, son las variables que deben ser manejadas. Boca atravesó una semanadonde los problemas de sus integrantes abarcaron todas las paletas de colores que tiene el fútbol con un rebote mediático de envergadura. Los entuertos fueron claros: no fue que Juan Román Riquelme se peleó con Julio César Cáceres, sino que el liderazgo de Riquelme, basado en la creación de tribus y no en la homogeneidad del grupo, resultó amenazado. Riquelme marcó su territorio y lejos de conseguir que Cáceres no jugara, el paraguayo jugó y lo hizo de un modo más que aceptable.
Boca logró que el conflicto no lo partiera en mil pedazos, siendo un plantel que, ahora sabemos, no tiene a su líder dispuesto a “hacer amigos” pero que no duda en que en la cancha sean “como hermanos” para ganarle al rival clásico y de siempre. Boca atravesó quince días de disputas internas que afectaron la imagen del club, generaron confusión pero a la vez puso a su plantel en un estado de vitalidad caótica, pero enérgica.
River es y fue lo contrario. Suponemos que la ausencia de conflicto es decisiva para que un equipo funcione organizado y eficiente. Pero donde no hay conflicto no es que no hay nada, sino que otra cosa ocupa su lugar. River quizás era otra cosa con Ariel Ortega, un líder que con sus actitudes, con sus enfrentamientos con otros jugadores del plantel, al menos consiguió que de adentro de sus compañeros saliera algo. Diego Simeone manejó bien el “todos contra Ortega”, cuando sus dirigidos mascullaban que ya no toleraban sus faltazos a los entrenamientos, su falta de dedicación.
River, ido Ortega, no encontró el motor que lo haga funcionar. Es un último campeón que se recuesta en una conquista en la que ellos mismos parecen creerse mucho. Parecen niños a los que les pegan y no se saben defender. River no defiende su título con firmeza y no pudo lograr que enfrentar a Boca sea un motivo más que suficiente para haber elegido ser futbolistas.
San Lorenzo es el líder y no tiene un vestuario en el que todos estén conformes. Algo pasó al principio entre Miguel Angel Russo y Andrés Silvera, no se llevaron bien de entrada, pero Silvera juega y rinde. Santiago Hirsig perdió la titularidad que traía desde el San Lorenzo campeón, pero Russo finalmente pudo acoplarlo. Entra y rinde.
Vivir sobre un polvorín no es lo ideal ni cómodo para un plantel deportivo. Los conflictos, contra lo que siempre creemos, generan síntomas que bien administrados pueden ser útiles al final del camino. Que no pase nada, que la abulia gobierne el aire, es lo más alejado al nervio que se precisa para competir.
El vestuario es el lugar donde los deportistas se juran venganza, quieren revancha, se pelean entre ellos, se hacen el vacío, “bautizan” al recién llegado, intuyen la despedida del compañero que es mayor y que están a punto de colgarlo. Nosotros no entramos ahí y sólo nos queda el chisme, la versión reducida de los hechos. Apenas el ojo de la cerradura del templo sagrado de los deportistas.














1 comentario
21 de Octubre de 2008 | 3:46 pm Matias Navarro
La pregunta es, como se llega a esa informacion, como Ole, tiene lujo de detalle de todas las peleas? hay peleas siempre? Porque afloran por ejemplo cuando Riquelme no pasa un gran nivel futbolistico que nos tiene demostrado, osea si te fijas, siempre que tubo problemas en los clubes fueron cuando les empezo o les estaba llendo mal, Villareal por ej. era un genio, los llevo a la semi de la euro. Luego de ahi, el equipo callo en un poso, y el culpable Riquelme, Seleccion antes del mundial, nadie le hacia una critica, se perdio el mundial, la culpa: Juan Roman Riquelme. 2007 boca, campeon, ni una critica, todos rendidos a sus pies. 2008 boca baja su rendimiento, cabaret, peleas, etc, culpa: Juan Roman Riquelme. Porque los mismos que lo critican, osea los periodistas, no lo critican cuando se gana, sus compañeros, que se molestan por su forma de ser, porque no lo critican cuando el tipo la rompe en la cancha. Con los grandes jugadores pasan esas cosas. Y la verdad que molestan.
Saludos
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