Angel Cappa tiene razón: no renunció a la dirección técnica de River, sino que lo forzaron a irse. Lo echaron. Tiene razón también cuando argumenta que lo contrataron para 38 fechas y que pudo dirigir trece. De ahora en más, dicho esto, todo lo demás se puede discutir.
Cappa se fue de River y a los pocos minutos ya estaba describiendo un paisaje que hasta hace poco lo incluía. Cappa había dejado de ser técnico y ya era cronista de su propia desventura. Sin el peso específico de su función ni la carga de una campaña corta pero pobre, Cappa iba y venía en un diagnóstico sobre el fútbol argentino que todos conocemos y padecemos.
Cappa empezó a argumentar sobre urgencias y falta de tiempo. Cayó en el remanido ejemplo de Alex Ferguson y su durabilidad como técnico del Manchester United. Ferguson debe sentir como un pinchazo tipo “vudú” cada vez que se lo contrapone a cada técnico que es echado de su club.
Lo cierto es que Cappa, como cualquier otro técnico, sabe de que se tratan las condiciones imperantes del fútbol argentino. No hay condiciones ideales: cada técnico se las hace. Hay una lista y es larga: Asad (Godoy Cruz), Sensini (Newell’s), Romero (All Boys), Falcioni (Banfield), Gareca (Velez) son algunos de ellos. Zubeldía (Lanús) los mira a la distancia desde una situación similar. Hay otros que no logran revertir el estado de las cosas y terminan sumergidos en ese pantano: Borghi (Boca) es uno de los que sufren la falta de adaptación. Y Cappa no pudo con ella y como pasa en estos casos, la denuncia. Señalar las condiciones en las que el fútbol argentino nace, vive y muere (y si, algo se muere así…) no significa avalarlas. El paisaje es un páramo. Es horrible y desalentador. Eso sí: igual para todos cuando se decide cruzar el umbral y acceder a él.
Pero Cappa comete un error: en River las urgencia son reales. River está en estado de emergencia. Su ubicación muy abajo en la tabla de los promedios genera un nerviosismo que gana toda la semana y se hace muy palpable los domingos. River arrastra una herencia pesada que es institucional y futbolística. Es totalmente cierta pero al tiempo iválida como excusa. Nada tiene que ver José María Aguilar y su presidencia con dirección sin escalas al infierno con que Cappa no haya logrado hacer jugar bien a su equipo. En la eterna explicación del caos del universo cuando un DT se va, todo parece cerrar y coincidir. Es el capítulo uno del manual de excusas que cualquiera usaría para justificarse.
Se supone en estos casos que Cappa es más víctima del sistema porque lo denuncia. Cappa, también sus incondicionales y sus admiradores, advierten que la salida de Cappa es peor que otras porque Cappa no solamente acusa al sistema, convive con él con reserva moral, sino que además defiende un modo de jugar al fútbol. Se asocia a una idea de una manera de jugar y de defender el espectáculo (genial, divina, de la que soy fan, ojo) que quita de la escena a todos los que no adhieran. Signo de los tiempos…
Cappa no solamente no hizo jugar bien a su River, sino que además castigó con la pluma y la palabra a todos aquellos que no arman sus equipos de acuerdo a sus parámetros. Ninguno, entonces, era superior a River sino que en ocasiones eran hasta peores (Newell´s, que le ganó y Banfield, a quien le empató sobre la hora). Cappa era un crítico de arte que decía que los cuadros de los otros pintores no merecían tener admiradores, pero cuando mostraba su obra en su tela los manchones eran deformes y sin que los colores tuvieran sincronía.
Me preguntan si no me gusta Cappa y se sorprenden cuando digo que si me gusta. Qué el fútbol que pregona me va, me sirve y me agrada. Sucede que lo pregona más de lo que elabora. Creo que sus mejores resultados están dados cuando describe escenas que cuando le toca hacer actuar a sus jugadores.
A veces hay un sentimiendo de que cuando caen determinados técnicos caen a la vez determinadas banderas. Una idea que atrasa. El fútbol ha demostrado que tiene mil caminos para ser bien jugado, apreciado y donde los resultados son una parte sustancial de la historia y no algo aleatorio. Todo equipo que juega bien y gana levanta la bandera del buen fútbol. No es propiedad de un determinado técnico ni de una cofradía periodística. Mucho menos cuando se pretende trazar una línea entre buenos y malos desde una sabiduría que a veces no se entiende bien a que viene.













1 comentario
8 de Noviembre de 2010 | 10:41 pm KUN
Excelente nota Marcelo. Lo único: si Passarella contrató a Cappa, sabía qué buscaba, sino hubiera ido por Caruso Lombardi. El problema ahí no es del elegido sino de quien lo elige. El anteúltimo párrafo es excelente.
Yo también escribí algo al respecto en mi blog
http://loquealfutbollegusta.blogspot.com/2010/11/se-fue-cappa-y-ahora-que.html
Saludos,
KUN
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