Los partidos de verano, y no todos, suelen ser una distracción nocturna en mi veraneo mientras como uvas negras. Rituales personales desde la costa argentina. Boca y River le dan un voltaje extra a ese pasatiempo. Ví a un Boca viejo y cansado mientras que River, por default, fue la frescura y la novedad.Las ausencias de Gallardo y de Ortega quizás obligaron a River a un rol distinto al habitual en sus choques con Boca. ¿Qué River reaccione y termine con toque y baile luego de qué Boca le empatase? Eso es novedad. River, sin Gallardo y Ortega, con Almeyda que luce despejado luego de su “freezer” voluntario de cuatro años, con la chispa de Villalva y la potencia que desconcierta todavía de Funes Mori, fue un equipo con vida. Intrépido, a veces flojito, pero de buen final en boca…
Boca huele a viejo. Sus polémicas y su modo de jugar es anticuado. Boca no deja explotar a Gaitan como propuesta atractiva y desequilibrante. Sus almirantazgos y las quintas que hay que cuidar son su principal enemigo. El viejo Boca no se resiste a morir y no permite nuevas formas. Desde Basile hasta Riquelme, pasando por Bianchi y Palermo, desde Abbondanzieri hasta Morel Rodriguez, Boca es una comisión de homenajes permanentes que se jura fidelidad por los buenos tiempos compartidos. Nada que sirva para un diseño de un conjunto a futuro. Un pasado que no contagia y que entumece sus horas.
Boca tiene una dirigencia “tomada” por su actualidad futbolística. Indecisa para afrontar lo que sea mejor para el el equipo. Floja para las decisiones. River, vaya paradoja, tiene a Daniel Passarella flamante en su cargo. Hasta eso se evidenció en el partido de Mar del Plata con sabios planos de TV en la platea. Unos administrando un pasado que ya no derrama nada. Otros con un futuro posible. Atardeceres y amaneceres confundidos en un partido de verano. De esos que complican la vida según la rara manía argentina de entender el fútbol de pretemporada.














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